"LA PIEL QUE HABITO" por Jordi Costa y Jaume Figueras
A favor Jordi Costa
IRRACIONALIDAD TRASCENDIDA
El último Almodóvar no es un plato para todos los gustos, pero a mí me resulta fascinante. Se la podría llamar la Película Transgenérica por Excelencia, porque –al margen de posibles spoilers- recorre más de un género y devora más de un subgénero. En el proceso, Almodóvar no parece estar jugando a la cámara de ecos cinéfilos al modo tarantiniano: del primer al último fotograma, lo que domina la pantalla es Almodóvar en estado puro. Un Almodóvar que resume las corrientes más obsesivas y las pulsiones más oscuras de su cine (“La ley del deseo”, “Matador”, “Átame”, “Hable con ella”, “La mala educación”), al tiempo que absorbe toda la gran tradición irracional del séptimo arte; una tradición que va de Feuillade a heterodoxos japoneses como Yasuzo Masumura, pasando por Buñuel, Hitchcock, el giallo, el melodrama mexicano, Franju y Douglas Sirk. No comparto, pues, la idea de que sea una serie B vestida de prestigio: la serie B ha sido el territorio en el que se ha desarrollado buena parte de esa tradición irracional. En buena medida, aquí Almodóvar se afirma como gran heredero de los surrealistas, que siempre consideraron que la poesía más legítima del cine se detectaba en los géneros menores –el serial, el cine cómico- antes que en los modelos de prestigio.
Por otro lado, la película parece una respuesta no premeditada a ese extraño libro que era “El teorema de Almodóvar”: las máscaras, la identidad, el aislamiento y una extraña historia de amor unen los dos trabajos. De hecho, Almódovar parece situarse en un territorio más cercano al de Antoni Casas Ros que al de “Tarántula” de Thierry Jonquet, que es la novela que aquí, presuntamente, se adapta, aunque, en realidad, lo que hace el director es traicionarla de una manera muy estimulante, sofisticada y creativa.
En contra Jaume Figueras
LA PIEL... ¡QUÉ HÁBITO!
Siempre pensé que ése podía ser un título alternativo para la nueva película de Almodóvar. Después de verla en un pase para la prensa catalana (que celebró especialmente la matrícula del coche del personaje de Banderas con las letras FCB (*) y la manera con que Eduard Fernández lleva “La Vanguardia” bajo el brazo), me reafirmo: Almodóvar siempre se encuentra cómodo bajo el hábito que es su propia piel.
Después de esta digresión, tres puntos de admiración: A) la libertad con que P.A. se plantea cada nuevo proyecto. B) la fantástica promoción que ha conseguido ocupar todas las portadas y espacios preferentes televisivos o radiofónicos y C) en consecuencia, comprobar cómo ha ido adquiriendo trascendencia algo que ,siendo un claro homenaje a la serie B, acaba siendo con lógica aplastante… un producto de serie B.
Nada que reprochar al producto pero sí a las miradas reverenciales con que ha sido recibido…o a las críticas que destilan una animadversión visceral. Y es que “La piel que habito” no merece ni lo uno ni lo otro.
Tras sus estupendas imágenes –y sonidos—hay una trama abiertamente disparatada, unos diálogos puramente funcionales, unos chistes (el de las señoras gordas o el de “Vera Cruz”) que se pronuncian sin pudor, y unas referencias culturales siempre en llamativo primer plano (aunque a uno le ha llegado el alma la “Pequeña flor” de Sidney Bechet interpretada al saxo).